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jueves, agosto 13, 2026

Vathek y sus episodios

De las obras que conforman las bases del terror gótico publicadas en el siglo XVIII Vathek de William Beckford ocupa un lugar destacado ya que se diferencia de los otros trabajos de la época por su escenografía, y es que en vez de ubicar su historia en lúgubres castillos ingleses, Beckford nos traslada a Oriente, a lujosos palacios llenos de tesoros, con personajes abandonados a placeres prohibidos y criaturas maliciosas que los engañan con falsas promesas.

El propio Beckford provenía de una familia rica que le proporcionó una educación muy rica con la que nació su fascinación por todo lo que tuviera que ver con Oriente, entre otras obras estudió Las mil y una noches que era muy popular por aquel entonces. Beckford era miembro del parlamento inglés pero se convirtió en una figura muy polémica debido a sus excesos e inclinaciones (tenía un amante con el que empezó a acostarse cuando todavía era un niño). Estas inclinaciones están patentes en el propio texto.

La publicación de Vathek fue muy caótica. Beckford, inspirado por una orgía que había celebrado en su casa al cumplir los veintún años, escribió la historia principal en un frenesí que le duró tres días y dos noches, y como lo escribió en francés, le pidió a un amigo suyo, el reverendo Samuel Henley, que se lo tradujera al inglés. Beckford planeaba escribir algunos episodios extra para completar el texto, pero entonces Henley publicó por su cuenta su historia traducida al inglés sin acreditarle siquiera, así que Beckford tuvo que publicar él por su cuenta deprisa y corriendo antes de poder terminar, y nunca llegó a ver en vida la publicación de los episodios. Incluso posteriormente fue muy complicado poder leer el texto tal y como lo concibió el autor, entre revisiones, traducciones, y censura (en uno de los episodios los protagonistas son dos príncipes y durante mucho tiempo se modificó el cuento para que uno de los dos resultara ser una chica disfrazada de hombre; en la edición de Valdemar están las dos versiones).

Vathek es el nombre del protagonista de la novela, un califa hedonista que tiene cinco palacios, cada uno dedicado a un sentido. Un día recibe la visita de un comerciante que le trae unas espadas mágicas de incalculable valor, y le promete que le puede llevar hasta un lugar en el que encontrará los tesoros más magníficos de la tierra, siempre y cuando Vathek realice una serie de sacrificios y pruebas.

Cuando Vathek llega a ese lugar prometido, el Palacio del Fuego Subterráneo o Iblís (la versión árabe del infierno), se da cuenta de que le han engañado. Y allí conocerá a otros príncipes y princesas que han sufrido un destino similar y que le relatarán sus propias historias.

La verdad es que una lástima que originalmente la historia se publicara de forma inconclusa porque son los episodios los que enriquecen de verdad el conjunto y la intención del autor era la de publicar una novela al estilo de Las mil y una noches. Vathek es una novela gótica muy notable con personajes que tienen vicios (demasiada ambición y ansia por conseguir riqueza) o inclinaciones prohibidas (incesto, pederastia) con los que son manipulados para ir al palacio donde encontrarán todo lo que desean o podrán estar con sus amados para siempre sin darse cuenta de que para llegar allí están corrompiendo todavía más su alma y condenándose a una eternidad de sufrimiento.

El estilo es el habitual de la época, con una prosa bastante directa, que no se entretiene con sutilidades sino que va bastante al grano, y que puede resultar un tanto pesada a veces porque exige que el lector tenga conocimientos sobre el Corán. La edición de Valdemar incluye explicaciones de todo lo cual ayuda pero a la vez entorpece la lectura porque te tienes que detener constantemente a leer los pies de página. Los personajes cometen un sinfin de atrocidades con tal de llegar al Iblís, el autor no se anda con chiquitas precisamente; creo que muchos tenemos la sensación de que es el terror más moderno el que resulta verdaderamente transgesor pero no, ya desde sus inicios los autores de terror nos han mostrado el lado más decadente y sórdido del ser humano, capaz de hacer cualquier cosa por el propio placer o interés.

Nota: 3/5

jueves, marzo 05, 2026

Tres piezas góticas

El castillo de Otranto, de Horace Walpole, marca el inicio de lo que consideramos la literatura de terror como tal y básicamente inauguró lo que conocemos como el género del terror gótico. Publicada en 1764, el autor originalmente la vendió como un manuscrito impreso en Nápoles en el siglo XVI (que se había encontrado en el ático de una familia del norte de Inglaterra y que se había traducido para el público inglés. El prefacio original es muy gracioso porque el "traductor" alaba incesantemente las cualidades y el genio del texto y justifica todas sus decisiones para que no le critiquen. Por entonces no había nada parecido publicándose, y Walpole quería algo más entretenido que los textos políticos a los que estaba acostumbrado a leer, así que se tiró a la piscina con este libro. Tras el éxito de su primera edición, ya se publicó con su nombre y con el subtítulo Una historia gótica. Curiosamente, una vez se supo que no era un manuscrito antiguo, muchos de los críticos que habían alabado la obra en un principio renegaron de ella después.

La historia comienza el día de la boda entre Conrad, hijo de Manfred, Príncipe del señorío de Otranto, e Isabella, su protegida. Manfred tiene mucha prisa en casar a su hijo y que engendre un heredero por una antigua profecía que vaticina que perderá el castillo cuando el legítimo propietario crezca tanto que ya no quepa en él. Pero de camino a la capilla Conrad es aplastado por un yelmo gigantesco que cae del cielo. Manfred, cuya otra única descendencia es su hija Matilda, decide que la única opción que le queda es divorciarse de su esposa y casarse él mismo con Isabella para que esta le dé nuevos herederos. La chica, horrorizada, huye del castillo con la ayuda de Theodore, un campesino que pasaba por allí y que guarda un gran parecido físico al señor original del castillo.

Estamos ante una novela corta no demasiado complicada de leer cuyo mayor atractivo es ver cómo sienta las bases de un género tan sobradamente conocido: aquí tenemos castillos medievales, mazmorras, pasadizos secretos, doncellas en apuros, profecías que vaticinan un futuro aciago, un héroe humilde que se mete en todo el percal, amores puros, espectros que deambulan por los pasillos aterrorizando a todo el mundo, relaciones familiares secretas... Y cómo no, el villano de la función, Manfred, que quiere salirse con la suya a toda costa.

Es una lectura entretenida aunque obviamente no está tan pulida como otras obras que han venido después y que han perfeccionado estas bases que planteó Walpole. No es una narración llena de sutilezas, precisamente, las reacciones de los personajes son muy exageradas, muchas escenas dan más risa que miedo, y es la antítesis del "enseña, no cuentes". Está bien para lo que es teniendo en cuenta que fue la primera y su valor es más histórico que literario, pero vale la pena leerla porque tampoco es muy larga y a mí personalmente me encanta conocer los orígenes y ver cómo han influenciado a todo lo posterior.

Eso sí, se te cae un poco el alma a los pies al ver cómo el hombre despiadado que se aprovecha de chicas jóvenes e indefensas es algo que ha existido siempre, aunque al menos en este tipo de historias la justicia suele prevalecer ante la tiranía.

Matthew Lewis es otro de los autores más notables del siglo XVIII gracias a la publicación de El Monje, que para algunos es el verdadero inicio del terror moderno. El espectro del castillo es una obra de teatro que publicó en 1796, dos años antes que El Monje, y que tiene muchas similitudes con El Castillo de Otranto. Aquí, Percy está locamente enamorado de Angela y quiere casarse con ella. Como estaba preocupado de que ella lo quisiese solo por su posición, se había estado haciendo pasar por un hombre de procedencia humilde y le había ocultado que es de la nobleza hasta estar seguro que ella lo amaba de verdad. El problema es que a Angela se la han llevado al castillo del Conde Osmond, que quiere poseerla por la fuerza, y Percy debe encontrar la manera de sacarla de allí.

La obra fue un grandísimo éxito en Inglaterra, manteniéndose en los escenarios durante casi cincuenta semanas. Es, de nuevo, el tipo de historia que ya nos presentó Walpole: el malo malísimo con un pecado sobre sus espaldas que quiere hacerse con la doncella, el noble caballero que viene a rescatarla, el espectro que aparece cuando menos te lo esperas, el padre de la doncella que esta daba por muerto... Es básicamente lo mismo con algunas modificaciones, no está mal, pero leerlo es una cosa y verlo interpretado es otra, claro. En su momento, presenciar esto tuvo que ser una pasada.

Lo más interesante son las críticas a la nobleza y su trato a los esclavos africanos a los que arrancaron de sus familias y alimentaron a base de odio.

Y luego está Zastrozzi de nuestro amigo Percival Shelley, que publicó en 1810 con dieciocho añitos. Es un relato de venganza, donde un hombre llamado Zastrozzi, junto a una mujer llamada Matilda, se ven envueltos en un plan para separar a Verezzi, el hombre que ella ansía, de su amada Julia, con la idea de que Verezzi termine enamorándose de Matilda.

Aquí nos alejamos de los espectros y las doncellas en peligro para sumirnos en una historia sobre amores enfermizos y los límites a los que algunas personas están dispuestos a llegar para conseguir lo que desean, sin tener en cuenta a quién se llevan por delante. También encontramos discusiones acerca de la religión y el ateísmo, algo por lo que Shelley era muy conocido (le echaron de la universidad por publicar un panfleto titulado La necesidad del ateísmo).

La trama en sí no está mal del todo pero la narrativa es terrible, terrible. Shelley da vueltas y vueltas sobre lo mismo, todas las divagaciones de Matilda son increíblemente repetitivas, como lectura es un tostón y podría haber contado lo mismo en la mitad de páginas. La peor de las tres piezas con diferencia.

Para aquellos que quieran empaparse de los inicios de la literatura gótica, este volumen es imprescindible, al menos El Castillo de Otranto. Si bien no es lo mejor que el género puede ofrecer, su valor histórico es incalculable y aunque la lectura no sea especialmente estimulante para el lector moderno, como curiosidad cumple con creces.

Nota: 2.5/5